
Nadie lo dice en público, pero en privado lo repiten todos: no lo ve nadie, no ordena agenda, no construye relato y ni siquiera sirve para hacer publicidad oficial eficiente. La TV Pública quedó en ese lugar incómodo donde no cumple ninguna de las funciones que supo justificar su existencia. No es vidriera, no es herramienta, no es refugio cultural. Es costo.
En el gobierno libertario la conclusión es bastante más cruda que el debate público: cerrarla sería coherente con la idea de libertad, con el ajuste real y con la narrativa anti-Estado que entusiasma a su base. El problema no es ideológico, es político. El costo simbólico: el conflicto gremial, la foto del cierre, el ruido internacional, la épica de “apagan la señal”.
Por eso sigue abierta. No por convicción ni por estrategia comunicacional, sino por cálculo. Lo que viene es un cimbronazo más silencioso: cambio de directores, recorte fuerte de presupuesto y una programación deshilachada. Con eso buscarán lastimar sin cerrar, degradar sin asumir el costo político, y delegitimar la caída de un medio que ya no comunica a nadie. La apuesta es el tiempo: dejar marchitar una tecnología que sus propios votantes no usan, mientras la batalla cultural se libra en otros territorios. Ya no miran TV. Y el poder, siempre pragmático, lo sabe.