
La baja de la llamada “DEA argentina” en Rosario no fue un tecnicismo administrativo: fue una jugada de poder. Alejandra Monteoliva puso la firma, pero el impulso vino de más arriba. En la Casa Rosada hace tiempo que miraban de reojo esa estructura creada por Bullrich: demasiado autónoma, demasiado personalista, demasiado Bullrich.
El dato clave es quién maneja hoy la inteligencia. Santiago Caputo concentra el control real del sistema y nunca vio con buenos ojos un dispositivo que orbitaba por fuera de su radar. Para Caputo, la seguridad sin inteligencia alineada es poder suelto. Y el poder suelto, en este gobierno, no se tolera.
Bullrich había armado el grupo como símbolo: gesto duro, nombre rimbombante, mensaje directo a los narcos y a la tribuna. Funcionaba en clave política y comunicacional, con impacto inmediato. Pero también era una isla dentro del Estado, con lógica propia y escaso anclaje institucional. Monteoliva ejecutó lo que Caputo empujó: ordenar, recentralizar y bajar el volumen del show.
El mensaje fue interno antes que externo. La seguridad ya no se administra con épica ni con marketing. Se maneja desde la inteligencia y desde la Rosada. Y ahí manda Caputo. Bullrich sigue siendo útil para el choque, para la exposición y para la confrontación directa. El control fino, la lapicera estratégica, la ejerce otro.
Javier Milei lo avala. Menos ministros con poder propio, más comando centralizado. Rosario fue el escenario elegido para mostrarlo. La interna, el verdadero objetivo.
La señal quedó clara: en esta etapa del gobierno, el poder no se declama; se concentra.