
En el PJ santafesino se consolidó un esquema de poder definido. Armando Traferri y Agustín Rossi articularon un acuerdo para controlar la estructura partidaria, combinando aparato territorial, manejo del Senado provincial y lapicera partidaria con peso político nacional y vínculos históricos. El objetivo fue ordenar el partido desde arriba, evitar internas abiertas y administrar el PJ como una estructura cerrada, con decisiones concentradas en pocos actores.
Por fuera de ese esquema quedó la renovación: Omar Perotti, Marcelo Lewandowski, sectores del Movimiento Evita, intendentes del interior y cuadros jóvenes del peronismo, especialmente con base en Rosario. No se trata de expresiones dispersas, sino de un espacio político que comparte un diagnóstico común: el PJ perdió capacidad de representación, se cerró sobre sí mismo y dejó de ser una herramienta electoral competitiva. Desde ese lugar reclaman internas reales, renovación de autoridades y una conducción más amplia.
Ese desplazamiento explica un dato político clave: intendentes peronistas tomaron distancia de Rossi y de sectores de La Cámpora y llegaron incluso a apoyar la reelección de Pullaro. No es un giro ideológico, es una señal de agotamiento. Algo similar ocurre en la provincia de Buenos Aires, donde Máximo Kirchner, aun sin control territorial propio, concentra la lapicera partidaria. Lógicas viejas, resultados a la vista: cuando el partido se encierra, el territorio se desordena, los liderazgos se fragmentan y el poder se fuga. La discusión ya no es quién controla el PJ, sino cuánto tardará en renovarse o si, por el contrario, quedará relegado —como su antagonista— a un futuro sin poder.