En la Casa Rosada nadie lo admite, pero todos lo practican: la relación con la CGT se maneja como una negociación de presión, no como un error político. Javier Milei juega un clásico de manual: policía bueno, policía malo.
Mientras el Presidente cuida los canales, habla de diálogo y evita dinamitar puentes, Federico Sturzenegger empuja el límite. Avanza sin matices, acelera la reforma laboral y concentra el desgaste. No es torpeza ni ingenuidad: es método. El malo corre el arco para que el bueno aparezca después como razonable.
En el ala política del Gobierno empiezan las quejas. No por el contenido de la reforma —conflictivo desde el minuto cero— sino por la forma. El choque frontal con la CGT llegó antes de construir mínimos consensos y dejó al Ejecutivo expuesto a un conflicto que no controla del todo.
La apuesta es clara: si los gremios sobreviven al impacto Sturzenegger, negociar con Milei será más barato. Pero el juego tiene riesgos. La CGT no es una ONG y, si lee provocación deliberada, puede elegir la calle antes que la mesa.
La paradoja es que incluso en el oficialismo admiten que la reforma, sola, no genera empleo sin crecimiento. Es decir: mucho ruido, costo político real y beneficio económico diferido.
El problema del policía malo es que, si se pasa de rosca, deja al bueno sin autoridad. Y en política, cuando nadie cree en el bueno, el malo deja de servir.
