
En la Argentina hay una regla de hierro que ningĂșn oficialismo logra esquivar: las internas te hacen perder elecciones. No hay plan econĂłmico, relato Ă©pico ni marketing que aguante cuando el gobierno empieza a pelearse consigo mismo. Cuando la energĂa que deberĂa ir a gestionar se consume en egos, el poder se evapora y la oposiciĂłn solo tiene que esperar a que el oficialismo se termine de lastimar.
La historia reciente lo muestra con crudeza. La lluvia de billetes con la cara de Boudou. Las operaciones que se comĂan vivo a Marcos Peña fracturaba a Macri. La ruptura entre Duhalde y Menem dinamitĂł un peronismo que logro reinventarse despues de 2003. Y quizĂĄs el ejemplo mĂĄs explĂcito de autoflagelaciĂłn fue la famosa carta de Cristina FernĂĄndez denunciando a los âfuncionarios que no funcionanâ, un disparo al pie del socio, que dejĂł a Alberto FernĂĄndez sin autoridad y expuso, sin anestesia, que el verdadero conflicto no era con la oposiciĂłn sino dentro de su propio frente.
El patrĂłn es siempre el mismo: cuando el oficialismo se pelea con su espejo, pierde la calle, pierde el Congreso y finalmente pierde las urnas. No gana el que mejor gestiona ni el que mĂĄs convence, sino el que menos sangra por dentro. Por eso cualquier intento de orden busca apagar el fuego amigo antes de que se convierta en un incendio electoral. Porque en este paĂs, mĂĄs que en ningĂșn otro, la historia demuestra que los gobiernos no caen por sus enemigos: caen por sus internas.