
La declaración de Martín Yeza, reclamando que el PRO tenga candidato presidencial propio en 2027, volvió a encender una discusión que el partido arrastra desde hace años: la distancia entre la intención política y la capacidad real de movimiento. No es la primera vez que un presidente partidario aparece como promesa de renovación, con discurso moderno y voluntad de futuro, para luego quedar atrapado por una estructura que ordena, contiene… y paraliza.
El PRO se volvió experto en ese mecanismo. Dirigentes que llegan con capital simbólico y expectativa pública, pero chocan rápido contra el andamiaje interno, los equilibrios heredados y el temor a romper lo conocido. Las estructuras terminan estructurando a las personas. Y la audacia inicial se diluye en prudencia, consensos eternos y decisiones postergadas. El resultado es una quietud que se parece demasiado a resignación.
Por eso el debate no pasa solo por tener o no candidato propio, sino por quién tiene la cintura política, la gestión comprobada y el corazón PRO para mover el partido de verdad. Alguien capaz de romper inercias, renovar liderazgos y ordenar sin pedir permiso permanente. Si el PRO quiere volver a ser opción de poder y no solo socio táctico, necesita menos declaraciones correctas y más conducción con carácter.
Porque la renovación no se declama: se ejerce.