La paradoja silenciosa: menos pobres, más endeudados

Baja la pobreza en las encuestas, pero sube la deuda en la vida real: más gente afuera de la estadística y adentro de la tarjeta.

Las encuestas repiten un dato que el Gobierno exhibe como trofeo: la pobreza baja.
Los porcentajes ceden, los gráficos mejoran y los informes técnicos celebran.
Pero en la calle, en el almacén, en la farmacia y en el banco, la sensación es otra.
La gente no se siente menos pobre: se siente más ahogada.

La contradicción no es estadística, es social.
Se puede salir de la línea de pobreza y, aun así, vivir endeudado hasta el cuello.
Porque la pobreza se mide por ingresos, pero la vida se paga con crédito.
Y hoy el crédito es el nuevo termómetro del malestar.

Tarjetas al límite, cuotas eternas, préstamos personales para llegar a fin de mes.
Familias que ya no usan el crédito para consumir bienes durables,
sino para cubrir gastos básicos: comida, medicamentos, servicios.
El endeudamiento dejó de ser una herramienta de progreso
para convertirse en un salvavidas que se pincha mes a mes.

Las encuestas no mienten, pero tampoco cuentan toda la verdad.
Marcan una mejora en ingresos formales, pero no registran la fragilidad.
No miden la angustia de quien cobra, paga deudas y vuelve a quedar en cero.
Ni el estrés de vivir administrando vencimientos en lugar de proyectos.

El ajuste ordenó variables macroeconómicas,
pero trasladó el costo al tejido cotidiano de la sociedad.
Menos inflación no significa más alivio inmediato,
cuando los precios siguen altos y el salario llega justo.
La estabilidad, sin recomposición real del poder de compra,
se financia con deuda privada y paciencia social.

Hay una nueva clase social en expansión:
los “no pobres” estadísticos y los endeudados reales.
Personas que no califican para asistencia,
pero tampoco logran vivir sin pedir prestado.
Demasiado ricos para la ayuda, demasiado pobres para la tranquilidad.

El riesgo no es solo económico, es político y cultural.
Una sociedad endeudada es una sociedad cansada, temerosa, defensiva.
Cuesta planificar, cuesta invertir, cuesta creer.
La esperanza se posterga en cuotas, con interés.

Si la baja de la pobreza no viene acompañada
de desendeudamiento, crédito sano y salarios sólidos,
el éxito será frágil y reversible.
Porque ningún país se sostiene solo con estadísticas favorables
cuando la vida diaria se paga fiada.

La verdadera pregunta ya no es cuántos pobres hay,
sino cuántos viven al borde del colapso financiero personal.
Y esa respuesta, por ahora, no entra en los informes,
pero se escucha cada vez más fuerte en la calle.

“Clistenes”

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