
La jura de los nuevos diputados en la Legislatura porteña no es solo una foto institucional: es el momento en que se termina de acomodar la cocina del poder. Mientras en el recinto se levantan manos y se sacan selfies, en los despachos se definen los nombres que van a manejar el martillo, la caja y el reglamento de acå a los próximos años.
El primer casillero es claro: MatĂas LĂłpez renueva como vicepresidente primero, el que conduce las sesiones y marca el ritmo del recinto. A su lado aparece Cristian Gribaudo como secretario administrativo, la silla donde se controla la letra chica: presupuesto interno, estructura, pases y funcionamiento de la Legislatura. No es un cargo simbĂłlico, es la llave de la logĂstica y de la caja fina.
La tercera pieza completa el triĂĄngulo: la SecretarĂa Parlamentaria queda bajo la Ăłrbita que define Silvia Lospennato, que empieza a meter mano en el corazĂłn del esquema: orden del dĂa, labor parlamentaria, acuerdos y tiempos polĂticos. En criollo: LĂłpez pone la voz, Gribaudo cuida la caja y Lospennato ordena el tablero. La nueva cocina del poder porteño no se ve en la transmisiĂłn oficial, pero se va a sentir en cada sesiĂłn.
En la Legislatura, la rosca no se mide en discursos: se mide en quién firma los papeles y decide qué se vota primero.
¿Quién mås se sienta, en silencio, a esa mesa chica?