
Días antes del episodio Bayly, Jorge Macri venía mostrando una suba sostenida de imagen. Clarín lo ponderó, y Alejandro Fantino lo validó públicamente con una entrevista amable, de esas que ordenan clima y transmiten conducción. El mensaje era claro: la Ciudad aparecía nuevamente como isla de gobernabilidad.
Pocos días después, los grandes medios levantan la vivencia de Jaime Bayly caminando por la calle Vicente López, en Recoleta, describiendo olor a basura podrida. No una denuncia política. Una escena urbana. Justamente el tipo de escena que perfora mejor cuando un gobierno empieza a mostrar control.
Ahí el hecho se vuelve político. No porque Bayly ataque a nadie, sino porque rompe el relato en el peor lugar posible: el barrio vidriera, el electorado sensible al orden, el corazón simbólico del macrismo porteño. Cuando el desorden aparece ahí, la pregunta no es qué pasó esa noche, sino quién está cuidando la calle.
El foco inevitable cae sobre Ignacio Baistrocchi, ministro de Espacio Público. Su problema no es técnico, es político: en CABA, la limpieza no se gestiona, se demuestra. Y cuando la sensación es de descontrol, ningún Excel compensa el olfato del vecino.
La secuencia es clara: sube la imagen del jefe de Gobierno, se refuerza la narrativa de orden, y aparece una escena que la contradice. No crea el problema. Lo expone.
En la Ciudad, cuando el olor contradice el relato, alguien queda marcado.
No discuto la experiencia de este señor. Pero no hago cargo 100% responsable al funcionario. Como en seguridad, no hay un policia para cada vecino, tampoco un barrendero, un recolector. La limpieza la hacemos entre todos. Vecinos mugrosos abundan, mal intencionados y los mal llamados recuperadores urbanos., tambien. Es asi. Quisiera ver cuantos respetan las disposiciones para este fin de año. Dense una vueltita el 31 de diciembre.