
La renuncia de Marco Lavagna al frente del INDEC se inscribe en una secuencia clara: el desarme final del esquema masista dentro del Estado. No es un episodio aislado ni una decisión personal. Lavagna era el último funcionario de peso que sobrevivía de ese armado, con control real sobre un organismo clave y autonomía política propia.
El dato central es el timing: se va a días de la publicación del nuevo índice de inflación, un cambio metodológico sensible que redefine canastas, ponderaciones y resultados. La salida del titular del INDEC en este punto del calendario no es neutral: implica un corrimiento de poder sobre la validación técnica de los números.
Lavagna ya no tenía margen político. El vínculo con Sergio Massa, que lo sostuvo durante años, quedó roto o directamente dejó de ser operativo. Sin respaldo interno ni protección externa, su continuidad era inviable. La decisión confirma que el Gobierno no tolera islas de gestión heredadas, incluso cuando se trata de áreas técnicas.
La señal es concreta: se termina la transición y empieza el control pleno. El INDEC entra en una nueva etapa, alineada sin matices con la conducción política actual.
Bueno, es una aproximada del síndrome del tercer año, al no haber respuestas concretas, y continuar con las fórmulas trasnochadas al mejor estilo de las ” CASTAS “, que dijeron venir a combatir y resultaron ser conspícuos socios, basta ver los integrantes de los respectivos lugares de gobierno, pero la realidad los aplasta, la gente en su mayoría no la pasa bien, y ni hablar del gerontocidio de jubilados y discapacitados, pero al decir de Isaac Asimov, ” la represión es el último recurso de los incapaces ” .-