El Cuervo Larroque dejó de hablar bajito Con olfato de sobreviviente y reflejos de aparato, se mueve entre Kicillof y […]

El Cuervo Larroque dejó de hablar bajito

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Con olfato de sobreviviente y reflejos de aparato, se mueve entre Kicillof y el kirchnerismo duro, vendiéndose como el garante de la unidad, pero jugando su propio partido: el de quedarse con la lapicera bonaerense. Sabe que si Axel consolida su liderazgo, él puede ser su heredero político, y que esta vez la sucesión no pasa por el apellido, sino por quién logre manejar los fierros del territorio.
El ring ya está lleno: Magario se planta más alineada al gobernador que al consenso, mientras Nardini representa a los intendentes cristinistas que buscan volver a tener peso real, aunque su estructura todavía no logra salir a la calle con fuerza. El massismo, en silencio, mide los tiempos y sopla según el viento.
Y en esa pelea, el que se va quedando sin aire es Máximo Kirchner. Sin el control del partido, sin la lapicera y sin poder en la gobernación, su bastión bonaerense se resquebraja. Mantiene su banca, pero no el pulso del poder. Piensa en replegarse hacia sus raíces, mientras espera que —una vez más— la maldita lapicera pida por él… y se vuelva a equivocar.

La rosca no se cuenta… se interpreta.

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