
Cristina no fue solo una dirigente: fue un sistema de poder. Ordenó, disciplinó, construyó lealtades y marcó límites. Su liderazgo fue vertical, emocional y absoluto. Pero todo liderazgo total tiene una consecuencia inevitable: cuando se retira, deja vacío.
Ese vacío hoy es evidente. El kirchnerismo ya no tiene un centro gravitacional indiscutido. Hay fragmentación, disputas internas y una pregunta que nadie responde del todo: ¿quién manda después de Cristina?
Máximo K aparece como heredero natural, pero la política no funciona por genética. El apellido abre puertas, pero no construye autoridad. Y hasta ahora, Máximo no logró transformar herencia en liderazgo propio. Le cuesta ampliar, convencer, ordenar.
La sociedad argentina también cambió. Los liderazgos basados en relato y épica ya no alcanzan. La demanda es más concreta: resultados, estabilidad, previsibilidad. En ese contexto, el kirchnerismo enfrenta una encrucijada histórica: reconvertirse o fosilizarse.
La pregunta ya no es solo quién sigue a Cristina, sino si el espacio puede sobrevivir sin ella como eje ordenador. Porque cuando el apellido pesa más que el proyecto, el desgaste es inevitable.
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