
El enojo del PRO ya no se disimula. Y Jorge Macri tampoco.
La exclusión de la Ciudad de Buenos Aires del Presupuesto Nacional volvió a encender una disputa que nunca se cerró: la deuda por coparticipación y el lugar real que el Gobierno le asigna al distrito más rico, pero también más expuesto, del país.
No es solo una cuestión contable. Es política pura.
La Ciudad esperaba, al menos, un gesto. Algún puente, alguna señal de negociación. No ocurrió. El Presupuesto pasó y CABA volvió a quedar afuera, como si fuera un actor incómodo al que conviene mantener a distancia.
En el PRO leen el mensaje con claridad: no hay intención de saldar la deuda ni de recomponer la relación.
Lo que hay es una estrategia de desgaste. Ajustar donde duele, asfixiar financieramente y empujar a la Ciudad a administrar la escasez mientras Nación se queda con los recursos.
Jorge Macri quedó en el centro de esa tensión. Gobernar la Ciudad sin los fondos que le corresponden implica elegir qué se sostiene y qué se posterga. Seguridad, obras, servicios: todo entra en revisión cuando la coparticipación se convierte en una promesa incumplida.
Y eso, en año político, no es inocente.
El PRO siente que paga el costo de haber sido socio sin ser parte. Acompañó leyes, dio gobernabilidad y evitó choques mayores. A cambio, recibió silencio.
La paciencia tiene un límite, y el Presupuesto fue la gota que rebalsó el vaso.
Lo que molesta no es solo la plata. Es el trato.
La Ciudad es usada como ejemplo cuando conviene y castigada cuando incomoda. Se la exige eficiencia, pero se le quitan herramientas. Se la señala como privilegiada, pero se la deja sola cuando reclama lo que le corresponde por ley.
En privado, el enojo es más crudo. En público, empieza a notarse.
El PRO endurece el discurso porque entiende que la moderación ya no rinde. Y Jorge Macri sabe que defender a la Ciudad no es solo una obligación administrativa, sino una definición política.
Lo que viene es una relación más tensa, menos gestual y más frontal.
La coparticipación dejó de ser un reclamo técnico para transformarse en una bandera. Y cuando el poder decide no pagar sus deudas, lo que se rompe no es solo una cuenta: se rompe la confianza.
Clistenes