CABA 2027: el sillón más codiciado y la política en estado de saturación

Demasiadas ambiciones, un solo sillón. La Jefatura de Gobierno porteña ya se disputa antes de tiempo, con más aspirantes que certezas y una política saturada de nombres, movimientos y silencios estratégicos.

No hay cronograma, no hay campaña y no hay candidaturas formales. Sin embargo, la política porteña ya entró en modo sucesión. La Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se convirtió, mucho antes de tiempo, en el centro de una acumulación desordenada de ambiciones que explica mejor que cualquier encuesta el momento político argentino. No es una elección anticipada: es una saturación de aspirantes.

La Ciudad dejó de ser solo un distrito. Es poder real, caja, visibilidad nacional y refugio para trayectorias en riesgo. Gobernarla equivale a ordenar una carrera política, y perderla implica, para muchos, desaparecer del radar. Por eso hoy conviven en el mismo escenario dirigentes en funciones, ex jefes de Gobierno, ministros nacionales, voceros presidenciales, candidatos reincidentes y figuras que no buscan ganar, sino impedir que otros ganen.

En ese contexto, Jorge Macri quiere reelegir. Es lógico y previsible. Pero su decisión, lejos de ordenar, densifica el tablero. Porque nadie se corre. La reelección ya no es un mecanismo de continuidad, sino un factor más de competencia en una escena donde todos creen tener derecho al sillón.

Desde un lugar singular aparece Horacio Rodríguez Larreta. No es parte orgánica del PRO, no conduce el partido ni responde a su mesa. Sin embargo, conserva algo más importante que un sello: una porción estable del electorado porteño. Larreta juega desde afuera de la estructura, pero desde adentro de la Ciudad. No compite formalmente, pero condiciona cada armado. Su sola presencia impide cualquier cierre prolijo.

El universo libertario agrega volumen al problema. Manuel Adorni, empujado por Karina Milei, encarna la candidatura de la visibilidad absoluta: agenda diaria, alineamiento total y conocimiento masivo, con la gestión como incógnita. Pilar Ramírez expresa la ambición territorial y la voluntad de construir poder local. Ramiro Marra aparece como la variable disruptiva que no necesita ganar para ser relevante: le alcanza con desordenar el cálculo ajeno.

Sobre todos ellos flota Patricia Bullrich. Hoy es la dirigente que mejor mide en la Ciudad. Si decide competir, no se suma a la carrera: la redefine. Y si decide no hacerlo, su duda funciona igual como poder, porque obliga a todos a moverse con cautela. En la política porteña, la incertidumbre también gobierna.

Del otro lado, el peronismo no ordena, pero espera. Leandro Santoro vuelve a ocupar el rol del candidato competitivo y previsible. Mariano Recalde persiste como nombre de aparato, más útil para negociar que para entusiasmar. Matías Lammens aparece como opción amable si el espacio decide disputar sin épica. En paralelo, Martín Lousteau vuelve a desplegar su especialidad histórica: amagar con la Jefatura para asegurar otra cosa. No quiere el sillón; quiere que el sillón lo necesite.

El dato político no es quién lidera una encuesta temprana. El dato es que nadie acepta quedar afuera. La Ciudad pasó de tener pocos candidatos fuertes a tener demasiados aspirantes simultáneos. Esa superpoblación de ambiciones no habla de fortaleza, sino de vacío: no hay liderazgos que ordenen, solo trayectorias que buscan sostenerse.

CABA 2027 se parece menos a una carrera electoral y más a una sala de espera llena, tensa y silenciosa. Todos creen que el sillón les pertenece por historia, por mérito o por oportunidad. Y justamente por eso, la política porteña ya entró en su fase más cruel: la de los descartes.

El sillón es uno solo.

Los pretendientes, demasiados.

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