Inflación en modo avión: el dato aterriza, la política despega

El 2025 cerró con 2,8% en diciembre y 31,5% interanual (último dato oficial publicado). Pero el quilombo de febrero no es “cuánto dio”: es quién maneja el termómetro y cuándo decide cambiarlo.  

Hay una escena que se repite en cada gobierno, como si fuera un ritual de iniciación: cuando el número empieza a bajar, en vez de relajarse, el poder se pone más sensible. Porque una cosa es domar la inflación; otra, mucho más fina, es domar la conversación sobre la inflación.

Y ahí aparece el INDEC como ese árbitro al que todos dicen respetar… hasta que cobra una falta en el área.

  • Renunció Marco Lavagna en INDEC, en medio de una interna por actualizar la metodología del IPC (canasta más nueva) y la decisión del Ejecutivo de postergarla.  
  • El Gobierno, vía Luis Caputo, reconoció que el desacuerdo era timing político: preferían aplicar el cambio “cuando la desinflación estuviera totalmente establecida”.  
  • Manuel Adorni sostuvo públicamente que el cambio se haría “cuando la inflación sea cero”, frase que incendió la discusión por credibilidad.  
  • Reuters reportó que el episodio pegó en activos y reabrió el fantasma argentino: la sospecha de “mano política” en estadísticas, con el antecedente de la sanción del FMI en 2013 por subreportes.  
  • Dato clave para ubicar el momento: el IPC de enero 2026 todavía no se conocía al 8/2; el propio INDEC había adelantado la publicación al martes 10/2.  

En términos de poder, la inflación es el “índice madre”: te ordena salarios, jubilaciones, contratos, clima social y hasta épica presidencial. Por eso, cuando el número baja, la política no se vuelve zen: se vuelve propietaria.

La renuncia de Lavagna dejó expuesta una tensión central del plan:

  • Para Javier Milei, el IPC bajo es capital político (su activo más vendible).
  • Para el mercado, el IPC creíble es capital financiero (sin confianza, todo cuesta más).
  • Para la oposición, el IPC discutible es munición: si instalás duda sobre el termómetro, no necesitás discutir tomates: discutís credibilidad.  

Y acá viene lo divertido (y brutal): la sospecha no depende de cuánto cambie el número, sino de que se note la mano.

Chequeado citó estimaciones (Equilibra) de que con canasta nueva el 2025 habría dado apenas un poco más (ej. 32,1% vs 31,5%), o sea: el escándalo no se explica por “un punto”. Se explica por el gesto: “lo cambio cuando me conviene”.  

  • La canasta actual del IPC está vieja (varios medios señalan base 2004) y una canasta más nueva suele dar más peso a servicios (tarifas, transporte, alquileres), que en los últimos tiempos se movieron fuerte.  
  • Entonces, postergar el cambio tiene dos lecturas simultáneas (y las dos hacen ruido):
    1. “Evito sospechas de manipulación cambiando reglas en medio del partido”.
    2. “Evito que me cambie el relato justo cuando estoy vendiendo desinflación”.  

Con una sola frase (“cuando sea cero”), el Gobierno convirtió una decisión técnica en un eslogan de campaña… y regaló el título perfecto: el VAR se prende cuando el árbitro quiere.  

Cuando la inflación baja, la rosca no baja: se muda al INDEC.

Porque en Argentina el problema no es solo cuánto da el IPC: es quién te lo cuenta, con qué regla, y en qué momento.  

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