
Durante buena parte de su recorrido político, Clara Muzzio no fue leída como una dirigente conservadora. Todo lo contrario. En su etapa previa —y especialmente durante campañas del PRO— acompañó agendas progresistas, participó de actividades vinculadas a la diversidad sexual, marchas del orgullo y acciones públicas alineadas con el discurso de ampliación de derechos. Era parte de un PRO que buscaba mostrarse moderno, urbano, inclusivo y compatible con el clima cultural de época.
Ese dato es central. Porque el giro actual no se explica como continuidad, sino como ruptura.
La presencia de Muzzio en Bruselas, en la VII Cumbre Transatlántica por la Libertad de Expresión organizada por la Political Network for Values, no fue un gesto neutro ni ambiguo. Fue una toma de posición en un espacio que expresa sin rodeos la agenda de la derecha cultural internacional: cuestionamiento al progresismo, crítica a la agenda de género y reivindicación de valores tradicionales. Un marco que contrasta, y mucho, con aquella dirigente que años atrás marchaba con banderas del orgullo.
Ahí aparece la verdadera pregunta política. No si el giro existe —existe—, sino cómo leerlo.
Porque hay dos interpretaciones posibles, y ambas conviven.
La primera es la de la conversión ideológica. La dirigente que acompañó causas progresistas habría llegado a la conclusión de que ese ciclo cultural está agotado, que ya no representa mayorías y que hoy la política se ordena desde otro lugar. Desde esta lectura, Muzzio estaría haciendo algo poco habitual en la política argentina: decir lo que ahora piensa, aunque contradiga lo que antes representó. Una honestidad tardía, incómoda, pero clara.
La segunda lectura es más cruda —y más rosquera—: estrategia pura. Una dirigente que nunca logró volumen propio dentro del PRO, que no era referencia de gestión ni de armado, entiende que el centro ya está ocupado, que el progresismo perdió potencia y que la derecha cultural es hoy un espacio con demanda insatisfecha. Bruselas, en ese sentido, no sería un acto de fe sino una jugada inteligente para subirse a una ola que hoy cotiza.
Lo relevante es que el movimiento está bien calculado. Muzzio no disputa poder interno de manera frontal, no confronta con su jefe político, no rompe con la gestión. Construye perfil por afuera, en el plano simbólico e internacional, y luego lo derrama hacia adentro. Es una forma elegante de crecer sin pedir permiso.
El contraste con Jorge Macri es evidente. Mientras el jefe de Gobierno apuesta a orden, administración y baja intensidad ideológica, su vicejefa empieza a jugar en otro registro: el de la identidad, la cultura y la definición política dura. No lo desafía directamente, pero se corre del libreto.
En ese corrimiento hay una verdad incómoda para el PRO porteño: durante años construyó dirigentes adaptables al clima cultural dominante, no convicciones sólidas. Y cuando el clima cambia, algunos giran. Otros quedan a mitad de camino. Muzzio, al menos, eligió girar completo.
Por eso Bruselas no fue un viaje más. Fue un punto de inflexión. Para su carrera y para la lectura que el PRO deberá hacer de sí mismo hacia 2027.
La pregunta ya no es si Clara Muzzio era progresista. Lo fue.
La pregunta es otra, mucho más incómoda:
¿Estamos frente a una dirigente que cambió de ideas o frente a una dirigente que, por primera vez, decidió tenerlas?
En política, a veces, ambas cosas son lo mismo.
Y casi nunca son inocentes.