
Por La Rosca Digital
Hay una escena que se repite todos los días en la política argentina y que ya casi nadie cuestiona. Un dirigente habla, anuncia una medida, toma una decisión incómoda o comete un error evidente. En cuestión de minutos, el reflejo es automático: aplauso cerrado de los propios, condena instantánea de los ajenos. No importa demasiado qué se dijo. Importa, casi exclusivamente, quién lo dijo.
Ese reflejo no es pasión política. Es fanatismo político.
La diferencia no es menor. La pasión admite discusión; el fanatismo no. La pasión se apoya en argumentos; el fanatismo, en identidades cerradas. Como advertía Hannah Arendt, cuando la política deja de ser un espacio de acción compartida y se transforma en una verdad incuestionable, deja de ser política y pasa a funcionar como ideología.
En la Argentina, ese corrimiento no es nuevo, pero hoy es más visible. La política dejó de organizar intereses diversos y empezó a administrar pertenencias. Las ideas importan menos que el bando. Los errores se relativizan si los comete “uno de los nuestros”. La crítica se vuelve sospecha. La duda, traición.
El fanatismo no irrumpe de golpe. Se construye. Avanza cuando la lealtad vale más que la eficacia, cuando sostener el relato importa más que corregir el rumbo y cuando el adversario deja de ser un competidor democrático para convertirse en una amenaza moral. En ese punto, la política se parece cada vez más a una religión civil: con dogmas, con pecados y con castigos.
No es un fenómeno exclusivo de una ideología. En la Argentina aparece una y otra vez, con distintos lenguajes y símbolos. Se expresa en movimientos que confunden convicción con obediencia, en espacios que leen toda crítica como ataque, en culturas políticas que prefieren la pureza antes que los resultados y en tradiciones que convierten valores en mandamientos intocables. Cambian los relatos; el mecanismo es el mismo: o estás adentro o estás afuera.
El problema es que el fanatismo no es solo un vicio discursivo. Tiene consecuencias reales. Cuando domina la lógica del “nosotros contra ellos”, los acuerdos se vuelven mala palabra, las políticas de largo plazo se vuelven imposibles y los datos empiezan a perder valor frente a la épica. Como advertía Max Weber, una política guiada solo por la ética de la convicción puede ser moralmente intensa, pero suele ser políticamente irresponsable.
A este clima se suma un factor decisivo: el ecosistema digital. Las redes sociales y los algoritmos no premian la reflexión ni la complejidad. Premian la intensidad. El que grita circula. El que explica, se diluye. En ese contexto, el fanatismo deja de ser un exceso y pasa a ser una estrategia rentable: ordena filas, disciplina militancias y simplifica la realidad.
El riesgo es profundo. Las democracias no se quiebran únicamente por golpes de Estado o autoritarismos explícitos. También se erosionan cuando nadie acepta perder, negociar o convivir con el que piensa distinto. Karl Popper lo advertía con claridad: las sociedades abiertas no se destruyen solo por imponer una verdad, sino por perder la capacidad de corregirse.
Y Tocqueville, mucho antes, ya intuía el problema: una democracia dominada por pasiones sin freno termina debilitándose desde adentro, no por falta de libertad, sino por exceso de certezas.
Cuando todo es épica, no hay gestión.
Cuando todo es fe, no hay corrección posible.
Y cuando la política deja de corregirse, se degrada.
El fanatismo político no construye países: construye tribunas.
La democracia, en cambio, exige algo más incómodo: ciudadanos dispuestos a pensar incluso cuando duele.
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