
Mientras el Gobierno transmite optimismo por la reforma, en paralelo se activa la polĂtica real: reuniones, llamados y gestos medidos. En ese clima aparece Diego Santilli, que empieza a moverse fuera del radar porteño. La prĂłxima parada no es simbĂłlica: NeuquĂ©n. Y el anfitriĂłn tampoco es un improvisado.
El encuentro con Rolando Figueroa tiene lectura doble. En la superficie, diĂĄlogo institucional y clima de acompañamiento a la reforma. En el subsuelo, algo mĂĄs importante: la necesidad de construir mayorĂas reales, con gobernadores que no responden de forma automĂĄtica pero manejan territorio, votos y tiempos propios.
Figueroa es parte de ese nuevo lote de mandatarios provinciales que negocian sin alineamientos ciegos. Y Santilli, lejos del show, aparece como puente operativo: escucha, ordena demandas y traduce intereses. En Balcarce 50 leen el movimiento como una buena noticia. En el Congreso, como una señal de que el oficialismo entendió que sin provincias no hay reforma que camine.

La Patagonia entra asĂ en el mapa polĂtico del momento. No como decorado, sino como actor.
Las reformas no se aprueban solo con discursos encendidos. Se cocinan en mesas chicas, con gobernadores pragmĂĄticos y operadores que saben sumar sin hacer ruido.
Santilli juega ese partido. Y cuando la Patagonia se sienta a la mesa, la rosca deja de ser porteña y pasa a ser nacional.
ÂżVos cĂłmo la ves? ÂżGestiĂłn fina o primer ladrillo de un armado mĂĄs largo rumbo a 2027?