Arturo Illia: la épica de gobernar sin ensuciarse

A 43 años de su muerte, el expresidente sigue siendo una vara incómoda para la política argentina: gobernó sin ruido, sin privilegios y sin traicionar la dignidad del cargo.

Murió el 18 de enero de 1983. Pero su marca quedó viva: fue presidente entre el 12 de octubre de 1963 y el 28 de junio de 1966, hasta que un golpe lo sacó de la Casa Rosada. Illia no cayó por corrupto ni por autoritario: cayó por decente.


Arturo Umberto Illia nació el 4 de agosto de 1900 y murió en Córdoba el 18 de enero de 1983.  

Entre esas dos fechas hay una biografía rara para la política argentina: médico, dirigente, presidente. Pero sobre todo, una idea que hoy suena casi épica: el poder como servicio.

Illia asumió la Presidencia el 12 de octubre de 1963 y gobernó hasta el 28 de junio de 1966, cuando fue derrocado.  

No lo bajaron por un escándalo. Lo bajaron por otra cosa: por no jugar con la lógica del sistema cuando el sistema pedía velocidad, concesiones y “realismo”. Illia eligió el camino más difícil: sostener la institucionalidad en un país que se impacienta con la democracia.

En su gobierno, la economía mostró un ciclo de expansión fuerte: el PBI creció 10,3% en 1964 y 9,1% en 1965 (y aún marcaba crecimiento en el primer semestre de 1966).  

Esa parte suele quedar tapada por el mito del “Illia lento”. Pero los números lo desmienten: hubo gestión, y hubo resultados.

Y si hay un capítulo que define su legado, es el de la política sanitaria. En 1964, durante su presidencia, se sancionaron leyes que quedaron en la historia como la “Ley Oñativia”, orientadas a regular y controlar el mercado de medicamentos.  

Las normas clave fueron:

  • Ley 16.462 (sancionada el 23/07/1964, publicada el 08/08/1964): control y regulación de medicamentos.  
  • Ley 16.463 (también sancionada el 23/07/1964, publicada el 08/08/1964): marco regulatorio sobre importación/exportación de fórmulas farmacéuticas.  

Ahí está Illia en estado puro: metiéndose con intereses pesados, sin marketing, sin épica actuada. La épica real: tocar cajas y bancarse el costo.

El golpe del 66 no solo lo sacó del poder: intentó instalar la idea de que la democracia “no sirve” si no se mueve al ritmo de los que empujan desde afuera. Illia quedó del lado contrario: el del Estado sobrio, la legalidad como límite y la ética como método.

Por eso, cada vez que se lo recuerda, no es nostalgia. Es comparación.

Illia es el recordatorio de que se puede gobernar sin ensuciar el cargo.

Y esa, en la Argentina, es una épica más difícil que cualquier discurso.

1 comentario en “Arturo Illia: la épica de gobernar sin ensuciarse”

  1. Santiago Picciani

    Todavía estamos esperando que el bueno de Don Arturo levante la proscripción del peronismo y llame a elección libres…

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