
Anfiteatro lleno, clima de fiesta y el Chaqueño marcando el ritmo. Milei entra, canta, se ríe. El público primero mide, después acompaña. Celulares en alto, palmas y una transición clara: de la sorpresa al disfrute. No fue karaoke; fue complicidad.
No es solo un dato de color: es territorio y cultura. Córdoba —epicentro simbólico del triunfo libertario— vuelve a ser escenario de cercanía. Milei entiende algo básico del poder argentino: la cultura popular también gobierna. Cuando el presidente canta, el mensaje baja sin decreto.
En el folklore, la legitimidad no la da el cargo: la da el anfitrión. El gesto del Chaqueño funciona como sello. Si el dueño del ritual invita, el ritual acepta. El público lo leyó rápido.
Entre guitarras y bombos, Milei ensaya otro registro: menos confrontación, más escena amable. No reemplaza la política dura; la complementa. En un país de símbolos, sumar uno cuenta. Y cuenta mucho.
No fue un acto. No fue un speech. Fue una imagen.
Y en la Argentina, las imágenes construyen poder.
Amor Salvaje: cuando la política se animó a cantar.
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