
Fue una mañana de esas que no piden permiso: un hecho militar en Venezuela y, casi en simultáneo, un reordenamiento instantáneo del sistema político argentino. En este país, la política exterior no se debate: se usa. Y cuando se usa, se vuelve identidad.
Del lado de la izquierda, Myriam Bregman salió a marcar con línea nítida: repudio urgente a la acción de Estados Unidos y llamado a movilización “antiimperialista”. Su mensaje no busca ganar la discusión sobre Maduro; busca ganar la discusión sobre la regla. Dicho sin vueltas: si avalás que un país grande ataque y capture a un presidente en otro país, avalás que el mundo funcione por fuerza, no por derecho.
Del otro lado, Javier Milei eligió el carril inverso: la celebración del golpe al chavismo como símbolo de “libertad” y alineamiento internacional. En ese encuadre, el problema no es el método, sino el objetivo: si cae el chavismo, el operativo se vuelve “necesario”, “justo” o “inevitable”. La legalidad queda en segundo plano; lo que importa es el bando.
El arco político se completó rápido, como suele pasar cuando la Argentina huele una oportunidad de marcar pertenencia. Una parte del PRO y LLA acompañó el festejo. El peronismo intentó refugiarse en el manual clásico: soberanía, no intervención, solución pacífica, para no quedar atrapado en la trampa binaria de “si repudiás a EE.UU. defendés a Maduro”.
La clave roscera
Acá no se discute Venezuela. Se discute una doctrina.
- Bregman está construyendo una bandera simple: no me importa quién caiga; me importa cómo se cae. Su capital no es moralista; es jurídico-simbólico. La palabra “precedente” es su combustible.
- Milei está construyendo pertenencia geopolítica: Argentina se alinea y no duda. Su capital no es jurídico; es identitario. La palabra “bando” es su combustible.
Y en el medio aparece la pregunta que incomoda a todos los tibios: ¿se puede festejar un cambio de régimen y al mismo tiempo defender el derecho internacional? En Argentina, esa pregunta se responde con emoción, no con doctrina.
Escenarios (lo que puede venir)
- Si la transición “sale limpia” (rápida, con baja violencia), gana el relato celebratorio: “se terminó el régimen”.
- Si aparece pantano (víctimas civiles, caos, guerra de baja intensidad), gana el relato del precedente: “se rompió la regla y pagamos las consecuencias”.
- Si hay efecto regional (migración, tensión económica y diplomática), la discusión deja de ser ideológica y se vuelve doméstica: seguridad, precios, energía, fronteras.
La Argentina no opinó sobre Venezuela: eligió un manual de política exterior en vivo.
Y esa elección no es gratis: te define aliados, enemigos y límites. A veces por convicción. Muchas veces por reflejo.
¿Quién queda mejor parado: el que festeja el “fin del régimen” o el que advierte que se rompió una regla básica del mundo?