En política, aparecer en una encuesta no significa que estés lanzado. Significa algo más fino (y más peligroso): que alguien te está midiendo.
El 1,8% que vale más que 1,8%

Ese 1,8% no compite todavía con el 34,9% de Milei ni con el 23,5% de Kicillof. Compite con otra cosa: con el cansancio social. En una Argentina donde la gente descree, un nombre reconocido pero “no político” opera como señal de época.
Porque cuando el sistema mete en el cuestionario a una figura así, está midiendo tres preguntas implícitas:
- ¿Cuánta gente quiere salir del menú tradicional?
- ¿Cuánto pesa el carisma por sobre la estructura?
- ¿Hay espacio para un “tercero emocional” que no venga de partido?
La aparición de Gebel es, en el fondo, una encuesta sobre la política misma.
El contexto: dos punteros fuertes y un electorado que todavía flota
La misma placa dice esto:
- Milei primero (34,9%), con ventaja clara.
- Kicillof segundo (23,5%), como principal perseguidor.
- Después, un pelotón suelto: Macri (6,7), Moreno (5,1), Schiaretti (4,8), Bregman (2,9).
- Y lo que realmente importa para entender a Gebel: “Otro” (9,1%) + “No sabe” (11,2%) = 20,3%.
Ese 20,3% es la cantera del “fenómeno outsider”. No porque todos vayan a votar a un outsider, sino porque ahí habita la idea de “todavía no me convenciste”.
Gebel, por ahora, está pinchando apenas ese globo. Pero el globo existe.
Por qué Gebel funciona como termómetro del malestar
Un candidato tradicional mide por “preferencia política”. Un perfil outsider mide por “deseo de salida”. Es otra lógica.
En ese sentido, Gebel encaja como termómetro por tres razones:
- Es masivo y reconocible: no necesita presentación.
- No está asociado a la grieta partidaria (al menos no de forma directa).
- Tiene identidad narrativa: comunica, emociona, persuade. Eso en campaña vale oro.
No se trata de si “le da” para presidente. Se trata de que el sistema se pregunta si alguien así podría canalizar un voto huérfano.
Las tres hipótesis reales detrás de su aparición
Cuando aparece un outsider en una encuesta, casi siempre pasa una (o más) de estas cosas:
1) Globo de ensayo
Se testea el nombre para medir “capacidad de conversación”. Si el número sube rápido en próximas mediciones, se convierte en ficha.
2) Señal para la dirigencia
Meter a Gebel en la grilla es un mensaje: “hay electorado disponible para otra cosa”. Es un aviso a los armadores tradicionales.
3) Herramienta de negociación
En rosca pura: un outsider medible puede convertirse en activo político sin ser candidato. Sirve para abrir puertas, armar puentes, ganar centralidad o protegerse de una interna.
Qué tendría que pasar para que deje de ser anécdota
Hoy es 1,8%: presencia, no potencia. Para que se vuelva fenómeno, tienen que alinearse tres factores:
- Persistencia: que siga midiendo en próximas olas (si desaparece, fue ruido).
- Oferta de sentido: no alcanza con “ser conocido”; hay que proponer un relato de país.
- Estructura mínima: fiscalización, acuerdos, armado, y una mesa política que no lo devore.
Sin esas tres, el outsider queda como meme. Con esas tres, puede ser disruptivo.
El punto central: el sistema busca “un tercero” y lo prueba donde puede
La lectura editorial es clara: la política está testeando un salvavidas narrativo. Cuando el electorado flota y la oferta tradicional se traba en sus propias identidades, aparecen nombres que no estaban en el manual.
Por eso, el dato no es “Gebel mide 1,8”.
El dato es: “la política ya lo metió en la conversación de 2027”.
Y cuando eso pasa, una vez que el nombre entra, no siempre sale. A veces es humo. A veces es síntoma. Y a veces es el primer capítulo de algo que nadie vio venir.
En un país donde la gente no solo elige candidatos sino que también busca salidas emocionales, la aparición de Dante Gebel en una encuesta es un espejo: refleja menos a Gebel y más a la Argentina. La pregunta ya no es “¿cuánto mide?”. La pregunta es: ¿cuánto mide el hartazgo como para empezar a votar afuera del sistema?